No dejes que nadie te diga que no eres lo suficiente buena, simplemente por ser mujer

Hace ya un tiempo que compartí contigo algunas de mis experiencias personales, que he tenido la oportunidad de vivir años atrás relacionadas con el mundo de la tecnología. Quizás no hayan sido experiencias muy positivas en el pasado, pero en el futuro todo ha ido cambiando de color. Es como en la película de Inside Out donde momentos tristes y decepcionantes con el tiempo se tornan en parte en un color amarillo, que da sentido a todo lo que ha pasado. Pasa con casi todo en esta vida, así que intenta verlo así: nada es casualidad y todo pasa por algo.

En un día como hoy, donde se celebra el día internacional de la mujer, quiero contarte otra de las experiencias que viví siendo una niña, cuando intentaba hacerme un sitio en el mundo de la tecnología y donde entonces era, mucho más que ahora, un mundo de hombres, donde las mujeres teníamos que hacer un esfuerzo desmesurado para hacernos ver.

Ya te conté que con tan solo 16 años estuve trabajando en una tienda de informática reparando ordenadores, mientras cursaba diversificación, tras no haber superado 4º de la ESO. Ayer lo comentaba con una compañera en las oficinas de Microsoft, mientras hablábamos del proyecto en el que participo con otras 22 mujeres (Women In Tech – A Series of Short Stories), que el problema no es que no valgas, es que crees que no vales. Es la principal barrera para todo.

En aquella época decidí que no podía conformarme con un puesto a media jornada, sin ninguna titulación y ganando tan sólo 25.000 de las antiguas pesetas, que yo misma reinvertía en un ordenador nuevo y en pagar el Internet de casa. Es por ello por lo que decidí intentar avanzar y buscar algo mejor.
No existían muchas formas de búsqueda de trabajo por lo que ya de entrada las opciones que aparecían eran pocas. Sin embargo, encontré un par de ofertas que podían encajar en lo que yo ya conocía, que en aquel momento era reparar ordenadores. Después de aplicar, sólo recibí respuesta de una de ellas: una franquicia con ámbito español especializada en la venta y reparación de equipos. Después de mantener una conversación telefónica acudí a la entrevista en el centro de Madrid.

Nada más entrar en la tienda me recibió un chico (en aquel momento me parecía un señor 😊) que a los pocos minutos apareció con un carro de la compra con un ordenador completamente despedazado. El hombre me miró y sus únicas palabras fueron “A ver si lo montas y lo haces funcionar”. Tenia un tiempo límite para mi tarea y lo cierto es que recuerdo que me sobró tiempo, ya que era mi día a día en mi actual trabajo. Una vez montado avisé a mi entrevistador y comenzó a revisar el trabajo realizado. Lo cierto es que sentía que estaba entre sorprendido a la vez que extrañado. Yo, sin embargo, estaba súper contenta de haber logrado el objetivo y recomponer la máquina. Como en cualquier entrevista, quedamos en que me llamarían para decirme si me aceptaban para el puesto o no, y ahí quedó la cosa.

Pasaron un par de semanas y todavía no sabía nada de ellos. Pensé que quizás había gente con más experiencia, que habían tardado menos tiempo que yo o que habían realizado un trabajo más fino, colocando los cables dentro de la torreta. En cualquier caso, no sabía nada de ellos y comprendí que había perdido la oportunidad. Sin embargo, unos pocos días después recibí una llamada del entrevistador donde me contaba más o menos lo siguiente: “Hola Gisela, siento que haya pasado tanto tiempo desde nuestra entrevista y no hayas recibido respuesta. Te voy a ser totalmente sincero: inicialmente pensamos en no cogerte. No es que no hicieras bien la entrevista, pero una mujer en este entorno no aporta mucha credibilidad y queríamos evitarnos problemas de ese tipo. Sin embargo, eres la persona que mejor ha respondido a la prueba y queremos contratarte si todavía estás disponible”. Yo era una niña y no entendía bien a qué se refería con aquello de “no aportar mucha credibilidad”. Apenas tenía experiencia en el mundo laboral, ni en la vida en general, por lo que esas palabras significaron quizás menos en ese momento de lo que significan ahora 15 años después. En cualquier caso, aunque no tuvieran todo el valor que pudieran tenerlo ahora, tuvieron el bastante peso como para pensar “¿Cómo? ¿Qué no me ibais a coger por ser mujer?” por lo que mi respuesta fue clara: “No, lo siento. Ya encontré otro trabajo donde no supone un problema. Gracias de todos modos.” Y colgué.

Lo cierto es que no tenía otro trabajo y hacía apenas unas semanas había dejado el que tenía. Hasta este momento mi idea inicial era no estudiar más. Había aceptado que no era buena estudiando, que el programa de diversificación me ayudaría a obtener el título de la ESO y que podía dedicarme a reparar ordenadores toda mi vida. Tan sólo tenía 18 años, no sabía mucho del mundo laboral y mi experiencia era más bien poca, pero este hecho me hizo ver más allá y me empujó hacia adelante. Lo primero que consiguió fue revelarme contra aquello que los demás creían saber sobre mi (y sobre las mujeres en este ámbito), me hizo decidirme por seguir estudiando, obtener mi titulo de Administración en Sistemas Informáticos, a través de Humanidades, y demostrarme a mi misma que era capaz de ser informática y todo aquello que me propusiera. Sé que no es el único caso en el mundo, y los hay mucho peores, de discriminación profesional de este tipo. Pero gracias a que cada vez somos más, a que cada vez callamos menos, estoy segura de que este tipo de situaciones quedarán como anécdotas en la historia que contar a mis hijas y nietas. Esto no se consigue solo dejando pasar el tiempo, por lo que hazte oír, hazte ver y no dejes que nadie te diga que no eres lo suficiente buena, simplemente por ser mujer.

¡Saludos!